Mindfulness, sustento teórico y evidencia científica


Por Dra. Alicia Ortiz.

¿Qué podrían tener en común un habitante de una urbe caótica, cuya vida se desarrolla entre el acelere y el estrés que esto provoca, y un moje budista que tiene a la meditación como parte de su vida cotidiana? Aparentemente poco o nada: el primero ve sus días esfumarse entre claxonazos, tensiones laborales, conflictos personales, familiares y un largo etcétera, que no dejan suficiente espacio al relax, mucho menos a la introspección, mientras que el segundo parece haber encontrado el equilibrio, la salud y claridad mental que le permiten erigirse como un ser profundamente místico, espiritual: un perfecto iluminado.


Esto, sin embargo, es aparente.

Más allá de las implicaciones religiosas o místicas que se suelen atribuir a la meditación, a lo largo de las dos últimas décadas la ciencia se ha encargado de documentar, con evidencias cada vez más sólidas, que ambos personajes pueden experimentar las modificaciones estructurales y funcionales en sus cerebros, hoy conocidas como neuroplasticidad, que eventualmente les permitirían alcanzar los estados de bienestar físico, emocional y mental que sustentan una buena calidad de vida, en ambos casos gracias a la meditación.


Con el advenimiento de notables avances en las técnicas de neuroimagen, procesamiento computarizado de las señales electroencefalográficas se ha hecho posible “estudiar los correlatos neurobiológicos de los pensamientos y las emociones con un grado de precisión tanto espacial como temporal, que hace 20 o 30 años eran inimaginables” (Simón V., 2006). Así, la práctica de mindfulness, lo que Thich Naht Hanh define como “mantener viva la conciencia en la realidad presente”, con base en dos componentes básicos: atención centrada en la experiencia inmediata del presente con actitud de curiosidad, apertura y aceptación, utilizando a la respiración como recurso para dirigir la atención, ha sido sometida a numerosos y diversos protocolos de investigación que han permitido documentar su impacto en el cerebro de los practicantes.


Dan Siegel, uno de los pioneros en la investigación científica en este campo, ha descrito ocho vías de entrada de información al espacio de la conciencia, y las regiones cerebrales que activan, particularmente relacionadas con la corteza prefrontal: se trata de las que constituyen los cinco órganos de los sentidos clásicos, más la interocepción (que incluye las sensaciones viscerales y propioceptivas); la comprensión de la mente propia y ajena (mindsight) y el sentido relacional “que informa sobre la existencia, resonancia o disonancia en nuestras relaciones interpersonales y nos permite sentirnos sentidos por los otros” (Siegel, 2007, citado por Simón, 2006).


Cada una de estas vías está relacionada con sus respectivas zonas cerebrales: los cinco sentidos (excepto el olfato), están básicamente conectadas con las regiones posteriores de la corteza cerebral; las sensaciones interoceptivas se vinculan a la porción somatosensorial de la corteza y a las zonas medias prefrontales, junto con la ínsula “que mapea los estados viscerales”. Respecto a la autoconciencia lo que interviene es la corteza prefrontal media. Finalmente, en la elaboración de las relaciones interpersonales se implican los circuitos de las células espejo y la misma corteza prefrontal media (Simón, Op. cit).


En la vida cotidiana, la información que nos aportan nuestros órganos de los sentidos “se ve constreñida o modelada por la actividad nerviosa de extensas redes neuronales, que la filtran con criterios basados en la experiencia vital previa” de cada persona, por lo que es común decir que “todo es según el color del cristal con que se mire”. Este tipo de procesamiento fue identificado como “procesamiento de arriba abajo” por Engel, Fries y Singer (2001, citados por Simón, Ibid), e implica desde la perspectiva neurofisiológica que en la elaboración de estímulos despliegan dinámicas intrínsecas de las redes tálamo-corticales, que crean constantemente predicciones acerca de los eventos sensoriales. Estos procesos, dice Simón, “tienen un alto valor para la supervivencia y permiten procesar y clasificar rápidamente la información que llega, facilitando así una toma de decisiones rápida para sobrevivir”, sin embargo, al tratar que la información entrante “encaje” con categorías preestablecidas, se pierden los aspectos novedosos de los estímulos.


Por el contrario, lo que Siegel denomina los procesos “de abajo arriba”, que en lo fundamental implican “prestar una atención más plena” a esas ocho vías de información sensorial, tienden a dificultar el funcionamiento más “automatizado” de los procesos de “arriba abajo”, a la vez que favorecen la llegada de más riqueza informativa y novedosa a las zonas prefrontales, más específicamente del córtex prefrontal; la corteza prefrontal dorso-lateral, y zonas más mediales que incluyen la corteza orbitofrontal, lo que permite reducir la “automaticidad” de las respuestas y, a la vez, flexibilizarlas y ser capaces de observar dichas respuestas.

Desarrollar tal capacidad de observación de nuestras propias respuestas-reacciones “automatizadas” es precisamente lo que permite la práctica de mindfulness, es decir, nos posibilita a captar la realidad “por una parte y la forma en que nuestra mente la deforma, por otra”, algo así como ser capaces “de ver el cristal con que se mira”, lo que implica “el proceso de conocimiento del propio self”.


Las implicaciones y el alcance de estos hallazgos aún no se determinan, y parecen no tener fin, toda vez que desde que se dieron los primeros pasos en la investigación científica de los efectos directos de la práctica de mindfulness sobre la actividad cerebral, se ha documentado un notable impacto en relación con los estados de ánimo o disposición afectiva, la relación de estos con la operación de los mecanismos inmunitarios y su capacidad de producir anticuerpos (Davidson y cols., 1999 y 2003). Esto se relacionó también con el hecho de que uno de los mecanismos por los que el estrés ejerce sus efectos negativos sobre la salud es por el aumento del cortisol, por su impacto inmunosupresor.


Y es precisamente la práctica de mindfulness un factor muy eficaz para atenuar la secreción de cortisol en respuesta al estrés. Esta es una de las principales razones por las que se ha relacionado a mindfulness con la reducción de estrés psicológico, la ansiedad, la depresión, la angustia, el pensamiento repetitivo o rumiante asociado a estos estados de ánimo, e incluso con estados mentales más alterados como los que se presentan en caso de desórdenes alimenticios (anorexia, bulimia), desórdenes asociados a los trastornos bipolar, limítrofe de la personalidad, de déficit de atención e hiperactividad y dolor crónico asociado a síndromes como la fibromialgia, la migraña y otras enfermedades, incluidas crónico degenerativas, psoriasis, adicciones diversas.


Debra Burdick (2013) documenta una serie de estudios que revelan que la práctica de mindfulness asociada a terapias psicológicas, principalmente de tipo cognitivo-conductual y sus diversas variantes, han demostrado una alta efectividad para desarrollar la capacidad de regulación emocional, la superación de estados de ánimo negativos y de asimilación de estados positivos que procuran sensaciones de bienestar, todo ellos sustentado en cambios evidentes en la estructura, conectividad y actividad cerebral, tales como una mayor densidad de materia gris en la zona del hipocampo, en donde se realizan los procesos de aprendizaje y memoria, y donde radica la capacidad de auto conciencia, compasión e introspección.


El Programa de Reducción de Estrés Basado en Mindfulness (MBSR por sus siglas en inglés), de ocho semanas, desarrollado por Jon Kabat Zinn, de los principales pioneros de esta prácticas y de la investigación sobre sus efectos, ha sido sometido a diversos protocolos de investigación, que han revelado que los meditadores presentan una mayor activación de las zonas izquierdas del cerebro, relacionadas con la disposición de afectos positivos, así como una mejor irrigación cerebral. Asimismo se ha documentado la notable activación de regiones cerebrales asociadas a la mejor disposición hacia los demás y con sentimientos de compasión y aceptación.

Especialmente elocuente en este sentido es el artículo de Ricard, Lutz y Davidson (2015), que detalla las zonas del cerebro que se activan con la meditación, y los cambios que se registran en los cerebros de meditadores profesionales, con base en cuidadosos estudios de neuroimagen, entre los que destacan “cambios en las áreas de varias redes cerebrales asociadas con la compasión, las emociones positivas y el amor materno, entre ellas la corteza orbitofrontal, el estriado ventral y el giro cingulado anterior”, disminución del volumen de la amígdala, implicada en el procesamiento del miedo, además de mitigar la inflamación y otros tipos de estrés biológico que se producen a escala molecular, así como la pérdida de espesor del tejido cerebral asociada a la edad.


Muchos son pues los beneficios de mindfulness que pueden tener en común los ajetreados habitantes de las grandes urbes y los místicos meditadores profesionales que desde diversas perspectivas filosóficas y religiosas, particularmente desde el budismo, han permitido constatar el notable impacto terapéutico de esta práctica, ya avalada secularmente con investigaciones científicas, que sobre todo desde inicios de los 90 siguen dando lugar cada día a nuevos hallazgos.


Bibliografía

Burdick D. Mindfulness Skills. Workbook for clinicians and clients. www.TheBrainLady.com. 2013.

Hasenkamp. Effect of meditation experience on functional connectivity of distributed brain networks. Frontiers in Human Neuroscience. Emory University, 2012.

Ricard y cols. En el cerebro del meditador. Investigación y Ciencias. Enero, 2015

Simón V. Mindfulness y neurobiología. Revista de Psicoterapia nums. 66/67. Barcelona, España, 2006.

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