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Andreas Vesalius
Andreas Vesalius

EL SIGLO XVII Y RENÉ DESCARTES

La época en que Descartes vivió, escribió y, sobre todo, pensó era muy distinta de la de los grandes filósofos clásicos, aunque no menos estimulante intelectualmente.

 

La invención de la imprenta había dado a la cultura una difusión inconcebible en la época clásica, dominada aún por la tradición oral. Pero además, en esos años se estaba gestando uno de los alumbramientos más importantes de nuestra cultura: estaba naciendo la ciencia. Fueron muchos los descubrimientos que se realizaron en aquellos años (como puede constatarse en cualquier manual de historia de la ciencia), pero bastará destacar que en 1543, Vesalio había descrito la anatomía humana con tremendo rigor (siete volúmenes profusamente ilustrados) contradiciendo la tradición de Galeno, y que en el mismo año, Copérnico había hecho lo propio con la anatomía celeste (en contradicción con no menos ilustres antecedentes).

Tenía Descartes trece años (eso sí, ya era un estudiante universitario) cuando Galileo enfocó por primera vez su telescopio a las estrellas, y treinta y dos cuando Harvey demostró la teoría de la circulación de la sangre. La contribución del propio Descartes al surgimiento de la ciencia moderna fue de gran relevancia. Además de sus aportaciones a la matemática (particularmente, la geometría cartesiana), dotó a la ciencia de un método. Desde entonces, el método es lo que distingue a la ciencia de otros acercamientos al conocimiento de la realidad.

En su Discurso del método, Descartes se aplica a sí mismo cuatro preceptos:

i. No admitir como verdadera cosa alguna que no la conociese evidentemente como tal.

ii. Dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes como fuera posible.

iii. Conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos.

iv. Hacer en todas partes enumeraciones tan completas y revistas tan generales que estuviera seguro de no omitir nada.

La repercusión de estas cuatro reglas en la historia de la ciencia y de la teoría del conocimiento ha sido notable (en el próximo capítulo volveremos sobre este punto). Además, estas restricciones llevaron a Descartes a detallar una teoría del conocimiento que aclarase qué era eso de las evidentes.

La búsqueda del conocimiento consiste en reducir la realidad a unidades simples y evidentes, cuyo conocimiento le es dado al espíritu humano de forma innata. Descartes prescinde de los criterios de autoridad y tradición para la búsqueda del saber (incluyendo la autoridad de Aristóteles y, hasta cierto punto, la tradición cristiana), y busca una proposición esencial e irrefutable en la que fundar todo el edificio del saber.

Descartes encuentra que sólo de la duda puede surgir el verdadero conocimiento, y entonces duda de sus maestros, de sus razonamientos, de sus sentidos y hasta de su propia existencia. La duda como método (contenida en el precepto i) le lleva a una sola verdad autoevidente: el que duda está pensando, y el que piensa debe existir para poder hacerlo. Su frase cogito ergo sum (pienso, luego existo) se convierte en una de las sentencias filosóficas más famosas de la historia. No es sólo una proposición sobre el método, es también la esencia del racionalismo. El pensamiento es más evidente que la propia existencia. En el sistema de Descartes, unas pocas ideas innatas sirven de base a otras que nuestra razón puede derivar de ellas. En esto, el racionalismo cartesiano es menos radical y más sofisticado que el platónico. A pesar de lo cual, no terminó de convencer a muchos de los más relevantes filósofos de los años posteriores, como los empiristas británicos.

Descartes fue uno de los últimos grandes filósofos amateur. Utilizó la herencia de su padre para poder dedicarse a estudiar y recorrer el mundo durante toda su vida. Se levantaba a mediodía, después de una mañana de profunda reflexión. Nunca fue profesor y nunca se casó (aunque tuvo una hija que falleció a los cinco años, produciéndole el mayor dolor de su vida). Después de probar fortuna en los ejércitos de Holanda, Baviera y Hungría se retiró a la campiña francesa, desde donde cobró cierta fama como uno de los hombres más inteligentes de su tiempo.

Según cuenta el propio Descartes, cuando estaba en el ejército tuvo un sueño que podríamos llamar iniciático: se le apareció «el espíritu de la verdad» y le hizo ver que debía unificar todo el conocimiento humano bajo un sistema regido por las Matemáticas. A raíz de esto, rechazó su formación escolástica y decidió partir de cero. Dicen que utilizó su talento matemático en los juegos de azar, a los que era muy aficionado. También era un buen bailarín. Pero su vida se truncó cuando a la reina Cristina de Suecia se le ocurrió que podía permitirse recibir las enseñanzas de los hombres más sabios de su tiempo, y empezó por llamar a Descartes. El filósofo fue conducido a Suecia en un barco de guerra, e «invitado» a dar clases particulares a la reina durante cuatro o cinco horas al día a partir de las cinco de la mañana. Descartes no tenía buena salud, ni costumbre de madrugar de aquella forma, y menos en el helado invierno sueco. Murió de neumonía pocos meses después.

Al cabo de unos años, sus amigos franceses decidieron que el cuerpo de Descartes debía reposar en suelo galo y enviaron un ataúd a Suecia. Pero según las autoridades de aquel país, el ataúd era demasiado corto, así que colocaron en él el cuerpo sin cabeza, y enterraron de nuevo la cabeza en Suecia, hasta que un oficial del ejército desenterró el cráneo para guardarlo como recuerdo. Durante 150 años, «la noble calavera» anduvo en manos de diversos coleccionistas hasta que se volvió a enterrar en París. Quién le iba a decir al pobre Descartes que sus restos se convertirían durante años en una metáfora física del dualismo que él lideró.

Su conclusión fue que el proceso de analizar la realidad hasta sus constituyentes más elementales nos llevaría a topar con verdades inmediatamente evidentes para nuestro espíritu. Estas verdades son las naturalezas simples. La labor del estudioso es distinguir lo simple de lo complejo para poder descomponer esto último y enfrentarse siempre a las naturalezas simples, que son las que hacen posible el conocimiento.

En este contexto, los últimos coletazos de los espíritus animales se producen en el siglo XVII, y René Descartes (1596-1650) sería uno de los últimos en defender su existencia, pero ahora con un aire nuevo, contemporáneo, propio de la Edad moderna. No realiza experimentos ni disecciones, es fundamentalmente un pensador y sus reflexiones apuntan a aspectos centrales del dilema "cuerpo-mente". Pretende explicar en funcionamiento de los espíritus animales de acuerdo con el conocimiento tecnológico de la época y esto supone, en realidad, un gran paso hacia su abandono definitivo.

Dualismo cartesiano
Dualismo cartesiano

Retrato de Luigi Galvani (1737-1798)

Gustav Fritsch y Edward Hitzig

Albert Kölliker

Santiago Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal

Camilo Golgi

Ramón y Cajal

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